Voces: reseña de Anna P.

43 CONTRAPORTADA

Por Anna Parannoia, filóloga.

“No puedo hablar con mi voz sino con mis voces” – escribía Alejandra Pizarnik en 1968. La poeta argentina escuchaba las distintas voces que habitaban en ella y escribió sus poemas con la sangre de esa herida abierta que fue contener en su cuerpo esa lucha de yos, ese combate identitario que abría un abismo irreconciliable entre las esferas de lo privado y lo público. 39 años después de su muerte, y desde el otro lado del charco, Txus García vive ese mismo desdoblamiento, pero no desde la dolorosa sorpresa de una herida abierta sino desde la madurez que trae consigo una cicatriz antigua. La inocencia que perdió Pizarnik al descubrir tantas soledades en su propio cuerpo es aquí un camino firme que recorre sin miedos el complejo concepto de identidad, que se abre para florecer con distintos rostros.

El dolor se encuentra en las raíces, en el momento primero y es la esencia de ese animal que trata de ubicarse en un laberinto social opresor. Pero, como suele decirse, de los laberintos se sale sólo por arriba; y por arriba escapan las palabras de Txus, que sobrevuelan sus propios fantasmas despojadas del drama y ajenas a los clichés establecidos. Por encima de todo ese tejido incómodo, sus palabras vuelan ligeras y –sobre todo – libres, y en ellas el dolor se canaliza a través de un sentido del humor punzante e irónico que es el contrapunto perfecto a unos versos que destiñen la ternura propia de quien sabe reconocer la belleza en todo aquello que observa.

Sin embargo, su sentido del humor no es sólo un escudo protector sino que se convierte en un arma que dispara libertad con premeditación y alevosía, una de las credenciales más importantes de su poética. Txus, al más puro estilo antipoeta, baja la poesía de sus antiguos altares y la despoja de la seriedad y la solemnidad que tan a menudo la definen. Sus versos son de todos y para todos, sus palabras hablan de una realidad que se nos muestra sin tapujos; todo puede ser poetizado. Por ello los contrarios se diluyen para mostrarnos una realidad que va más allá de las polaridades y recordarnos que – del mismo modo que ocurre con la propia identidad poética – nuestra identidad es algo más que una definición única y limitada: podemos ser esto y también esto otro sin que exista ningún conflicto. Como diría Alejandra Pizarnik, ya no podemos hablar con nuestra voz sino con nuestras voces.

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